Os cuento una que no salió bien a la primera.
Estaba probando una versión del sérum con una proporción distinta de activos, buscando que fuera un poco más ligero. En papel, la fórmula tenía sentido.
En el vaso de precipitados, no. La textura no era la que buscaba, se quedaba pesada donde tenía que ser sedosa.
Así que vuelta a empezar: ajustar proporciones, volver a pesar, volver a probar en piel. Un par de intentos más hasta dar con el punto.
Nadie cuenta esta parte cuando presenta un producto terminado. Se ve el bote bonito, la etiqueta, la foto cuidada. No se ve el rato delante de una báscula dándote cuenta de que hay que tirar esa muestra y empezar de nuevo.
Para mí esto es lo bonito de formular: no hay atajos, solo repetir hasta que la fórmula hace lo que tiene que hacer.
¿Os habéis encontrado alguna vez con que algo "en teoría" debía funcionar y en la práctica no salió?
Detrás del laboratorio
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